DE MALAJI A LA INSOPORTABLE LEVEDAD DEL SER, POR DIEGO A. GUTIÉRREZ

Abr 11th, 2014 | By | Category: Ensayo / Articulos, HENRY A. PETRIE, Reseñas

 

 MALAJI

 

 

Nada y mucho tiene que ver Malaji con el mundialmente famoso escritor Milán Kundera, su pesada Broma y su eterna e impostergable Despedida, pero no pretendemos en estos párrafos establecer parangones entre una y otra obra, ya que de sobra sabemos que sólo es soportable la insoportable levedad del ser, precisamente porque se Es, (¿Qué trama es esta del será, del es y del fue? Heráclito. Pág. 321.), porque fuimos, somos y seremos, aunque esto último tenga que ocurrir en las estrellas más lejanas del orbe, “cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna.”

Somos invitados como espectadores y protagonistas a la vez, a presenciar el luminoso brote de los sueños soñados en el más profundo pedazo de tiniebla del alma, rota por el juego de la luna y el espejo, por el hambre de estrellas y por el juego de la imagen eternamente en fuga:

“Despertó. Desde niño contempló las estrellas, quiso vivir en ellas, tal vez lo logró.”(Pieza única. Pag. 5.)

Malaji, novela corta en el plano horizontal, pero verticalmente profunda, del prolífico poeta y escritor nicaragüense Henry A. Petrie, (Managua, 18 de Mayo de 1961), permanente demiurgo y audaz forjador de sueños, navegante del Tiempo, el Espacio y la Vida, que nos sumerge en el corazón del mundo, en la ciénaga de la existencia, para luego acudir a rescatarnos hasta sacarnos de la órbita planetaria, llevándonos, en un doble movimiento de rotación y traslación a conocer y explorar nuevos mundos que están aquí mismo dentro del mundo, “volando en alas del intento,” como dijera Castañeda.

Ozma, Galúa, la apocalíptica Kilay, Maltras, aldea de Penul al Oriente de Kilay, Noleri, Tumel y Ojepse, Espejo invertido de la realidad. Ciudades inventadas, fantasmagóricas y marítimas ciudades creadas por el autor, que pudieran ubicarse en cualquier rincón del Cosmos o de la densa cartografía del Ser, así como Tlön, Uqbar, Orbis y Tertius, cuyo creador no es necesario mencionar puesto que todo el mundo lo conoce, así como también sabemos dónde se ubican Comala, Macondo y Santa María, para hablar sólo de tres de las ciudades o pueblos de la literatura fantástica de América Latina.

La novela y el cuento como expresiones textuales del lenguaje narrativo, tienen la capacidad esencial de contar unos hechos, una historia real o ficticia, de crear un universo posible o simbólico, una imagen plurisignificativa de la realidad en un momento histórico determinado. A esta construcción discursiva a través del lenguaje literario se le conoce como estética de la ficción.

En esta perspectiva, la obra narrativa, como producto sígnico, al presentar una imagen con base en la realidad ha de definirse por su ficcionalidad o verosimilitud mimética. Dicho en otras palabras, esto significa que un escritor convierte las experiencias, vivencias y lecturas de su existencia habitual en un definido discurso artístico-verbal.

De esta manera la literatura de ficción alcanza una visión particular e imprescindible de una cultura en sus condiciones concretas de existencia; lo que lleva finalmente a enriquecer nuestro modo de ver y comprender nuestro entorno humano, social y filosófico, nuestro modo de ver y sentir el mundo con todos nuestros sentidos bien agudizados; y, “al final, siempre navegamos en el tiempo, como se navega en la mar, avanzando… retrocediendo, y no en línea recta, ¿cómo hacerlo en una esfera que navega elíptica? También navegamos hacia los contornos, hacia múltiples direcciones que tienen sentidos y horizontes. No sé, pero así siento que es el tiempo, una ininterrumpida navegación. Algo así como si el universo mismo fuera una eterna y extensa divagación sin límites, pero con la fuerza y el privilegio de contraerse a sí mismo”(Cap. 4. Pag. 27).

Consecuentemente, y en el marco de estas concisas reflexiones sobre la creación narrativa, tienen pertinencia considerar aquí las dos estructuras constituyentes del lenguaje artístico de importancia cardinal en la organización de una visión global de cierta realidad portadora de sentido: La literariedad y la poeticidad.

La primera como presencia plena de cualidades lingüísticas, retóricas y estéticas. Es por tanto el uso artístico de la lengua, que puede ser convencional u opcional, según lo define A. García Berrio. Cuando su efecto poético es altamente expresivo, entonces puede liberarse de lo convencional. García Berrio explica además en qué consiste la poeticidad: Es la estructura poética de la imaginación, que tiene su asiento en los productos de la actividad antropológica universal, (arquetipos, símbolos y mitos), y cuya semántica de la imaginación de naturaleza profunda, inmanente por tanto, habrá de manifestar en el plano de la enunciación verbal- discursiva del relato, todos los contenidos y sentidos en su expansión polisémica. Conviene recordar –agrega el crítico mencionado– que la literariedad y  la poeticidad están definidas por el uso de la función poética:

“(Una nube de luciérnagas se desprende del torbellino de chispas y colores. Baja al traspatio y se deshace, centenares de lucecillas intermitentes se dispersan, se apostan en ramas y hojas de plantas ornamentales. Un búho en vuelo firme asiste al escenario como espíritu nocturno y admirador de la Luna, aferra sus garras a una gruesa rama de mango, con sus ojos fijos en el trozo de vidrio, mientras el ambiente es invadido por el aroma pachulí).”

“(El búho expectante. Las luciérnagas como manteles tendidos adornan el traspatio. La Luna luminosa con su rostro expuesto al trozo de vidrio. Luna amante de la tierra. Tierra de fuego; luna de hielo. El búho aletea y las luciérnagas intactas; la noche pasa, pasa, pasa…)”

“(En el traspatio quedó el trozo de vidrio opaco; una nube ocultó a la Luna. El búho se espantó y las luciérnagas se apagaron.)”

(Nocturno. Cap. Xi. Págs. 93, 94, 95.)

Lo expuesto hasta aquí nos permite situar la obra Malaji, del multifacético escritor Henry A. Petrie, no únicamente en la dimensión de su ficcionalidad que adquiere el texto artístico, sino fundamentalmente en la apertura creativa en la que se funda toda lectura: El lector o receptor es asimismo depositario de los sentidos de la obra narrativa, encontrando otros para desembocar en lo que Roland Barthes llama el texto plural, o bien, como escribe el profesor Humberto Eco:

“El lector tiene que sospechar que cada línea esconde otro significado secreto; las palabras, en vez de decir esconden lo no dicho; la gloria del lector es descubrir que los textos pueden decirlo todo, excepto lo que su autor quería que dijeran; en cuanto se pretende haber descubierto un supuesto significado, podemos estar seguros de que no es el real, el real es el que está más allá; y así una y otra vez; los hílicos –los perdedores– son quienes ponen fin al proceso diciendo he comprendido.”

Ahora bien, si conocemos que un escritor ha nutrido su obra con experiencias y contenidos de una realidad concreta, para crear una imagen que da cuenta de las contradicciones y miserias, esperanzas y proyectos de esa cultura, para nosotros será primordial iniciar esta lectura proponiendo dos líneas temáticas que nos permitan un mejor entendimiento de ese mundo específico y sus estructuras de poder. Queremos entonces, realizar esta lectura desde dos perspectivas:

Por una parte, desde una conciencia que propugna una ética de la existencia contra la ideología de poder; por otra, desde la búsqueda de la infancia como prospectiva de la imaginación. Tales eidéticas las encontramos expuestas en dos filósofos del pensamiento postmoderno: Michel Foucault y Jean Francois Lyotard.

De Foucault nos interesa la reflexión del sujeto consigo mismo como práctica de y hacia la libertad. De Lyotard asimilamos la lucha del hombre contra la marginalización y enajenación en los procesos del estado moderno, oponiendo la metáfora de la infancia como espacio del anhelo infinito hasta encontrar un destino sin límites en la sublime indeterminación:

“Es domingo. El hijo despierta a la madre, juega con las sábanas, pregunta insistente su edad, siete, siete le responde somnolienta, son siete, y camino del baño se detiene, observando a la madre, quien se inquieta y pregunta:

“—¿Qué te sucede, amorcito?

“—Las estrellas… las estrellas…

“—¿Qué sucede con ellas?

“—Me llaman… me llaman…mamá…” (Pieza Única. Pag. 9)

Y otra vez vuelve a aflorar la desventurada infancia:

“El niño salió corriendo de la casa sin camisa y pies descalzos, sólo llevaba puesto un pantaloncito que le llegaba a la rodilla, corrió sin contener el llanto, se dirigió al comando de la guardia en busca de ayuda; tras él quedaba su madre, soportando la golpiza que le propinaba su amante ebrio y furibundo.”

Y la indiferencia y falta de sensibilidad ante el dolor de un niño se manifiesta en el guardia malcarado, que nítidamente refleja toda una época de nuestra sangrante y enconada historia.

¿Para qué más crimen?

Y vuelven las estrellas a brillar desde un cielo que tampoco se conmueve ante nada. Las estrellas como el eje-rotación de todo el relato, siempre las estrellas iluminando el sendero que conduce al encuentro del ser. Todo está escrito en las estrellas con el alfabeto de sus constelaciones.

“Volvió sus ojos hacia ella y dijo:

“—¿Verdad que es mejor vivir en las estrellas?

“—¡Qué ocurrencias son esas, Malaquías! Mañana hablaremos.” (Pág. 164)

Como dijimos anteriormente, Malaji, (Ediciones Pensar, 2013), es una novela corta de extraña estructura narrativa, que trata un tema tan frágil como complejo, con lenguaje sencillo pero armoniosamente preciso, cuya historia se nos comunica a través de dos puntos de vista: El narrador omnisciente de tercera persona y el narrador en primera persona que es además el protagonista: Malaquías o Malaji, así a secas; un completo anti-héroe según las percepciones excluyentes de una sociedad ignorante y prejuiciada. El personaje, en lucha abierta contra las condiciones adversas de su destino, defiende hasta el final un sentido trascendente de lo ético en tanto fundamento esencial del ser humano:

“Nos hemos hecho mierda con moralidades hipócritas.”

“Tengo asco. Los alegatos de moralidad me asquean, me irritan. Esa moralidad mojigata que llamando a buenas conductas nos encarcelan, ¡ja, buenas costumbres! Nada de eso. (Cap. 3. Pág. 19)

“Entre tantos espejismos y figureos aprendí a valorar la palabra y el valor adquirió significado. Quetzal amó la palabra, le gustaba que yo sellara mis compromisos con la palabra, la garantía de la palabra, el ser humano no es nadie sin ella.”

“La opción de querer ver según el capricho o ver con inquietud de lo que se esconde más allá del rostro, de la apariencia, de las máscaras.”(Parte iv. Pág.183.)

Y en esta perspectiva, un filósofo como Foucault maneja una ética que es “estética de la existencia”, basada en esa interioridad de uno mismo, con vista a practicar la autoproducción de subjetividad cognoscitiva. Y un aspecto de nuestra interioridad es la sustancia o forma de convicción axiológica positiva lista para aflorar en un momento de nuestra actividad cotidiana.

Así, al relatarnos su historia, Malaquías o su “equivalente hebreo”, Malaji, confiesa acciones –buenas y malas–, sentimientos, obsesiones y los sufrimientos necesarios en ese recorrido por la iluminación iniciática. Consecuentemente con esta autorreflexividad accederá a su ineluctable destino:

“La vejez nos pone en una condición particular… la pesadez se abraza con la levedad, vida y muerte tienen una frontera apenas perceptible. Al fallecer, seguro mi cama será quemada, tan vieja como yo, o en todo caso un poquito menos; con ella se irán mis sudores y olores, mis logros y mejores insomnios.” (Cap. 1 Al despertar. Pág. 13).

No obstante al sujeto ético lo esperan –según los modos de subjetivación foucaultiana– otras prácticas que cumplir para alcanzar la libertad. Y esos otros procesos serían los modos de sujeción, ascético y teleológico. Por razones de concisión, solo diremos que el ascetismo es la manera como el sujeto adquiere el conocimiento de la obligación moral tendiente a producir cambios en la conciencia del individuo:

“Sencillo: las ansias de poder nos llevará al desastre; el dinero (plástico, ahora) liquidará a la especie humana. Creo que estamos al borde del Apocalipsis. ¡Qué tanto duele el mundo! Pero más que el mundo, el ser humano. ¡Qué tanto duele!” (Cap, 10. Pág. 80).

De esta manera, se hace palpable en el espesor narrativo de Malaji la presencia de una concepción axiológica que intenta defender, a través de la virtud ascética, el derecho inalienable del hombre a la libertad. Inclusive, esta ética de la interioridad con su visión y producción de subjetividad más humana, logra influir en la misma organización estructural del relato y en la ordenación de los hechos y circunstancias narradas para confluir en una determinada gradación de la historia.

Por consiguiente, la novela del escritor Henry A. Petrie muestra una estructura fragmentaria, (que no es poca cosa el drama de Malaquías… “me ahogué y luego, resucité.”), cuya trama textual diegética no lo cuenta todo, disolviéndose en evasiones y cortes, con vueltas al pasado, (analepsis), y anticipaciones de hechos futuros, (prolepsis).

De hecho, allí entre esas rupturas de la memoria, encontraremos una vuelta al espacio de la infancia. El narrador protagonista decide por donde nos lleva. Más allá del tiempo y el espacio esta infancia con sus múltiples alteridades, donde el arte y la escritura hacen posible una búsqueda constante y de formas por-venir.

En muchos de los capítulos de Malaji, descubriremos esta visión fundamental de la infancia que se expresa mediante el evento del ahora y la frase recién creada, en las sensaciones del olor y del sabor, hasta constituir un verdadero juego polimórfico sin fin y sin límites.

Por todo lo anterior, nos damos cuenta que el uso de tales medios para alcanzar ese margen metafórico está presente tanto en el componente de la literariedad como en los contenidos de la poeticidad.

            Lyotard concluye que, “ese volver al origen deviene en un lenguaje silencioso, a un universo prelingüístico de esa otredad primigenia.”

No obstante, el peligro de nuestra cultura moderna con sus exclusiones y prejuicios es real, pues nos damos cuenta que aún el progreso es sinónimo de opresión y entropía.

El poder acumula más poder silenciando el gesto o mutilando el rostro de la inocencia.

Visto desde otro “ángulo o esquina”, nada difícil es descubrir toda la Prosaica Densidad Cotidiana del Mundo, (vulgar espesura de todos los días), en una taza de sopa de fideos con todos sus aderezos, la lectura de un periódico cualquiera y una bocanada de humo, así como el alma humana y la angustia existencial reflejada en un trozo de espejo en el que también el alma misma de la Luna y el Sol se contemplan, en un lúdico roce de absoluta interacción entre el Ser y el espacio sideral. La perfecta unidad del universo. Luna, Sol y Espejo en la incesante búsqueda del Ser.  

No podían faltar en esta obra, el erotismo y la sensualidad en pupilas de vidrio irradiando deseos voraces por comer de la fruta prohibida, por hacer que el panal se desborde de miel; así como la implacable denuncia de carácter frontal contra el abuso y los bajos instintos ocultos bajo la sotana de un aberrado sexual. Y ante todo, conviene insistir en aquella prospectiva de la resistencia contra la doble moral y la inhumanidad de la cultura postmoderna.

Naruma y su abuelo el Hombre-Delfín, Yeshvé, Quetzal y la mujer de Ozma, y toda una serie de personajes rodeados por ese halo mítico-misterioso-realidad-leyenda-verdad:

“Quizá con los años, lo aquí expresado, leído por otros ojos en otro tiempo, parezca mentira o fantasioso…”

“Tal vez nazca dentro de no sé cuántos años delante, un Sir Aurel Stein, que así como investigó la validez de las narraciones de Marco Polo y se convenció de la exactitud de su obra, venga y tome este escrito para determinar su certeza, o la ficción en la certeza.”(Parte IV. Pág. 184). 

Y al final, después del corto metraje futurista que es la Crónica de Malaji, el brusco aterrizaje, la salida del Espejo para volver al mundo real, a la agobiante realidad ordinaria:

“Sólo me llevé el recuerdo cuando niño observaba lánguido las estrellas, cuando mi madre dormía golpeada por la brutalidad del hombre.”

Y el Yo es Otro-Otros, trazado en el soberbio vuelo de la Esperanza que jamás abandona al hombre terrenal, porque de lo contrario moriría antes de tiempo:

“Allí buscaba algo que nacía desde lo más hondo de mí, ahora sé que en mí habitan otros seres, con quienes he aprendido a vivir en la nueva vida que he inaugurado, porque ya no he de ser el mismo…”

Y una vez más la insoportable levedad del ser se torna soportable:

“¡Salud, seres que viven en mí! ¡Salud, Quetzal! ¡Salud, mujer de Ozma! ¡Que el navío siga buscando la dirección de los vientos!

Ocotal,  Nicaragua , 23- Marzo- 2014.

 

 

 

 

 

DIEGO.

 

Por Diego A. Gutiérrez

2 Comments to “DE MALAJI A LA INSOPORTABLE LEVEDAD DEL SER, POR DIEGO A. GUTIÉRREZ”

  1. Vicente Antonio Vásquez Bonilla dice:

    Interesante ensayo sobre la obra de Petrie. Felicitaciones. Chente.

  2. beatriz basile dice:

    Un ensayo impecable. Me llevo la esencia de Malaji, la profundidad infinita , multidimensional, de la palabra maravillosa de este gran escritor que es Henry Petrie. . Felicito a Diego Gutiérrez que me facilitó la llave para asomarme a los mundos de Malaji.

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