MIS TRES GRANDES MAESTROS, POR HENRY A. PETRIE

Nov 19th, 2014 | By | Category: Otros paises...

 

 

Petrie en el estudio (Medium)

 

 

 

    Cuando un maestro cala, penetra, forja, sus enseñanzas se vuelven paradigma, pilar determinante en la formación de un joven, enriqueciendo su potencial innato y llevándolo a un punto propicio para el crecimiento con base a la inquietud, la indagación, la reflexión y el hacer.

         Fui alumno de tres grandes maestros, dos formales y uno informal; todos cultos y con particulares formas de enseñar, de relacionarse. Sus características diferentes confluyeron en un mismo cántaro donde se hicieron síntesis. Al fin y al cabo, concepto de vida, visión y actitud.

A los maestros formales los encontré en el Instituto Nacional Modesto Armijo, de la ciudad de Managua. Al informal, un sacerdote salesiano, lo encontré en el Centro Juvenil Don Bosco, también de esta ciudad capital.

 

En aquel tiempo, segunda mitad de los años setenta, era un joven serio, inquieto, a veces taciturno, por lo general con un libro en la mano, preguntándome desde muy temprano el porqué de las cosas, con el Canto de guerra de las cosas leído y releído, con Lo fatal y Salutación del optimista clavados como inquietudes profundas. Ya me consideraba lector y buscaba compañías semejantes para la conversación que realmente me placiera. Recuerdo que ya había leído un folleto clandestino acerca de Sandino y un libro interesante acerca de la educación bancaria.

Ellos, no solo supieron ser maestros, también fueron amigos, se dieron a querer. Quizá por esto se inmortalizaron en mis recuerdos. Y como no deseo olvidarlos, comparto a la manera de semblanza, lo que aún guardo de cada uno, lo que me proyectaron e influyeron como grandes humanistas y forjadores de juventudes. Sus ejemplos han sido parte de mi didáctica en procesos de capacitación a jóvenes y líderes comunitarios, así como en la facilitación de talleres de lectura y de escritura creativa.

 

Sacerdote salesiano Carlos Martínez

 

Al padre Carlos Martínez –Carlitos para los jóvenes de entonces–, lo conocí en 1974. Fue en este año que me matricularon en la escuela que funcionaba dentro del Centro Juvenil Don Bosco, para concluir la educación primaria. Aquí ejercí los deportes Béisbol y baloncesto; también fui monaguillo.

         En ese año inicié mis clases de música. Mis instructores fueron el padre Rudolf Hibler –nacionalidad alemana– y el profesor Campbell, quienes se dieron a la tarea de integrar el primer conjunto musical de este centro juvenil, que llevó su nombre: Don Bosco. Sus jóvenes integrantes: Melvin Hernández (Yaco), el bajo; hermanos Pacheco, guitarra y requinto; hermanos Icabalceta y Ricardo Grijalva, cantantes solistas; Pablito, panderetero; Miguel Hurtado y Leonardo Lira, trompetas; Campbell, ocasionalmente el organista; y yo, el batero. Tuvimos un coro de casi veinte integrantes, cuyos nombres no recuerdo.

         En el transcurso de 1974 surgió mi relación con el padre Carlitos. Se trató de un maestro fuera de un aula de clases, con quien conversé diversos temas, pero en lo esencial, filosofía, teología y poesía.

         Nos sentábamos en una de las bancas de los campos de fútbol a partir de las dos o tres de la tarde, retirados de los gritos de jugadores vespertinos y bajo la sombra de árboles de acacia.

         A ver, joven Petrie, piensa en algo que te resulte insignificante, algo que sea tan pequeñito que no pueda atraer a nadie, me decía. En esa ocasión le respondí que nada era insignificante ni tan pequeñito. Y proseguí: Mire usted, una hormiga es pequeñita pero si pica duele; si se forman juntas a otras de sus especies, hacen largas columnas y conductos bajo tierra; los microbios que no se ven a simple vista, ya ve lo que ocasionan.

         Así empezó una de las tantas conversaciones que sosteníamos hasta por dos horas, y lo que quedaba pendiente lo dejábamos para el siguiente día.

         Quiero decir que el padre Carlitos basó sus enseñanzas en la conversación, la auscultación del significado –más que del pensamiento–; la investigación no de temas, sino de interrogantes. En cuanto a la poesía solía enfrentarme a imágenes, me retaba a vivir el sentimiento, ejemplo:

         Muy cercano de donde solíamos estar se suspendió un colibrí con sus alas casi invisibles, y me preguntó: ¿Qué ves en el colibrí? Trata de sentirlo, escucharlo, y verás… (Silencio)… Miré aquella ave casi abstraído. Quizá por lo que en ese momento provocó en mí, el colibrí se convirtió en una imagen emblemática en mi vida.

         También lo hizo con muchachas de mi edad que frecuentaban el centro juvenil. Si fueras pintor, ¿qué dibujarías de esa muchacha? Solo debes pintar una parte de ella como representación total. Así aprendí a ver el detalle en cada cual, esa parte o punto que habla por sí solo: cabellos, manos, ojos, labios, gestos, espalda…

         Y así, hasta que llegamos a la teología. Me indagaba, me cuestionaba, no hablaba tanto de la Iglesia, sino de creer o no, del Dios y la creación, la vida, de Jesús. Y así nos enfrascábamos en discusiones donde me surgían preguntas y más preguntas, a partir de las cuales me motivaba a la indagación.

         Carlitos jamás practicó conmigo un plan de lectura, pero sus conversaciones cultas y profundas me empujaron, irremediablemente, a buscar libros e investigar. Sin lugar a dudas, Carlitos era un excelente lector.

         Tiempo después, cerca de mayo de 1978, me alejé del Centro Juvenil Don Bosco cuando su director, el sacerdote español Ramón Ruiz del Arco, me expulsó del Movimiento Juvenil Salesiano –la primera expulsión en mi vida– y me impidió la entrada al centro, todo por cuestionar determinados dogmas religiosos, criticar las riquezas y secretos del Vaticano y también, por mis posturas políticas adversas al régimen somocista. En ese entonces, mi actividad insurgente estaba en pleno desarrollo con los comandos terceritas del Frente Interno de Managua.

         Lo vi de nuevo en un momento trágico para mí y mi familia. El padre Carlitos ofició la misa de cuerpo presente de mi hija primogénita, Tania Tamara, el 27 de agosto del 2009. Al pronunciar su apellido, recordó en voz alta a un joven con el mismo apellido con quien platicaba hacía muchos años: “se andaba por estos campos organizando actividades juveniles”. Los acompañantes de nuestro dolor, presentes en la misa, le confirmaron que se trataba de la hija de aquél.

Con más de ochenta y cinco años cumplidos, aún se anda por ahí, ejerciendo el sacerdocio en el Salesiano de Masaya.

 

Maestro Eduardo Nicolás Matus Vargas

 

         Nacido en Managua. Fue catedrático en la UNAN-Managua. Licenciado en literatura. Hombre mayor, alto, porte elegante, de voz gruesa y modulada. Su aspecto intelectual combinaba con la autoridad de su saber; su seriedad de pronto cedía a la sonrisa, a cierta picardía.

         Fue mi maestro los dos primeros años de la secundaria, en el Instituto Nacional Modesto Armijo, que tenía como director al Lic.
Bernardo Sequeira Sevilla, destacado hombre de la educación que luchó por la calidad de la enseñanza, razón por la cual buscó a maestros experimentados y con grandes cualidades humanísticas. Ambos, Sequeira y Matus, fueron fundadores de este instituto en el año 1967.

         Matus, desde el primer día de clase se presentó con cierto aire autoritario y de inicio nos expuso la manera de cómo íbamos a trabajar y a relacionarnos durante todo el año. No se habían cumplido los dos primeros meses del año lectivo, cuando ya teníamos una relación más cercana; nuestra comunicación y entendimiento se desarrolló a medida que profundizamos en su clase, los temas se volvieron cada vez más interesantes. Sus clases fueron expositivas y demostrativas.

         Siempre daba cátedra. Nos decía que él no dictaba ni escribía largas lecciones en pizarra. Sus alumnos teníamos que aprender a tomar notas de conferencias desde el primer año de secundaria, tal y como si estuviésemos en la universidad. Porque hacia ahí iríamos y debíamos llegar con muy buena preparación. Enemigo de la mediocridad.

         En la primera semana nos instruyó en la técnica de tomar notas, saber identificar lo más importante: conceptos, fechas, datos, ejes de comentarios que redondearan la información, e incluso, hasta identificar a través de gestos o énfasis del expositor, la información o dato esencial. Los ejercicios fueron varios.

         Luego, nos enseñó cómo debíamos estudiar con nuestras propias notas, identificar vacíos informativos, formular preguntas para la clase siguiente con el propósito de completar contenidos, y finalmente, investigar lo que hiciera falta.

         Todo esto en una semana, cinco horas-clases intensivas, sin pérdida de tiempo. Pero continuó refiriendo cada aspecto de esta fase previa y extracurricular durante todo el año. Incluso, nos enseñó a fichar y a preparar una exposición, entre otras técnicas que aún continúo implementando.

         Decía que sus clases eran conferencias, cátedras, utilizaba la pizarra para escribir datos, hacer relaciones gráficas o conjugaciones verbales, construcción de oraciones, etc., de la misma manera que lo haría un maestro de matemáticas o física. Nosotros atendíamos y tomábamos notas, al mismo tiempo formulábamos preguntas, jamás lo interrumpimos, a no ser que él mismos brindara el espacio de preguntas y respuestas en el transcurso de su exposición. Un dictado no hizo, jamás escribió una clase en la pizarra. Todo el tiempo fue expositivo, dialógico, demostrativo.

         Lo dialógico. Sus exposiciones estuvieron determinadas por la interactuación, auscultando el interés, despertando la curiosidad; su clase se tornaba un diálogo de muchos, del que aprendíamos y nos recreábamos, porque nos hablaba de escritores, de los países que había visitado y hasta de historia de Nicaragua.

         En tanto hombre culto, extraordinario lector que siempre andaba con uno o dos libros entre sus materiales de clase, nos comentaba tramas novelescas que nos dejaban intrigados, interesados. Bien recuerdo que hubo días que su clase la desarrolló comentando algún libro o hablándonos de las culturas de otros países, sus aventuras, cosas curiosas, lugares de Nicaragua que no nos imaginábamos. Y viajábamos a través de sus palabras.

         Sus clases fueron amenas. Tras aquella apariencia férrea había un gran hombre, de elevada cultura, sin duda había vivido y recorrido mundo. En estos dos años primeros de mi secundaria conocí Francia, Inglaterra, Alemania, Austria, Holanda, también conocí el volcán Cocigüina y sus míticas historias, la isla de Ometepe, Zapatera, recorrimos el Río San Juan… en fin, el maestro Matus nos contó mucho del mundo y de la vida, de manera amena nos lanzaba el anzuelo para despertar nuestra curiosidad. Y bien que lo lograba.

         Los días viernes siempre recordaba la tarea que debíamos llevar el lunes: leer La Prensa Literaria de Pablo Antonio Cuadra, escoger un artículo para comentarlo a manera de inauguración de la semana de clases. Esto, realizado durante todo el año, se nos convirtió en un hábito. Llegó el momento en que siempre, los días sábados, buscábamos la nueva edición de aquel suplemento cultural para leerlo y escoger el artículo, el cuento, el poema… La clase de los lunes eran de comentarios y a partir de estos, él iba relacionándolos con los temas de sus clases.

         Ejemplo: profundizamos en la construcción del poema cuando algún estudiante comentaba uno o más de los que solían ser publicados; nos enseñó a observar cómo estaban escritos los versos, el uso de las figuras literarias. Desde este momento amé el verso libre y entendí el ritmo interior, muy bien explicados por él.

         Así también profundizamos en el cuento, la novela, el ensayo, etc.

         Esta dinámica de enseñanza fue fundamental en mi formación lectora y literaria. En sus clases profundicé en la Vanguardia Nicaragüense y me destaqué exponiendo acerca de Joaquín Pasos Argüello. Recuerdo que escribí un ensayo acerca de Canto de guerra de las cosas y el cuento El ángel viejo, pero nunca regresó a mis manos.

         Matus penetró mi mente y jamás lo he olvidado, pese a que teníamos ideales políticos distintos, o al menos así lo percibí. Cuando concluí mi segundo año, me dijo: “Siempre lee, Petrie; siempre escribe, y verás…” Recomendación que siempre cumplo.

         El maestro de varias generaciones, Eduardo Nicolás Matus Vargas, falleció el 14 de octubre de 1999. Educador y periodista. Catedrático fundador de la Escuela de Periodismo en 1960 y de varios centros de estudios. Galardonado Mejor Maestro de Nicaragua. Además de impartir clases de Castellano en el Instituto Nacional Modesto Armijo, lo hizo en el Instituto Nacional Maestro Gabriel, Escuela Nacional de Comercio y Centro de Ciencias Comerciales. En la Escuela de Periodismo de la UNAN-Managua, fue catedrático de castellano y psicología de la comunicación colectiva. Realizó numerosos estudios de especialización en el Centro Interamericano de Estudios de Periodismo para América Latina (CIESPAL) de Quito, Ecuador. Destacado corresponsal de agencias de prensa científica y educativa. (Fuente: El Nuevo Diario / 15-10-1999).  

 

Maestro Edgar Benavidez Mora

 

         Si al maestro Matus, además de los trabajos de escritura que dejaba (reseñas, comentarios, composición), le mostré no más de tres poemas de mi etapa inicial, fue distinto con el maestro Edgar Benavidez Mora, el tercero en la cuenta.

         Benavidez era más joven que Matus, mejor dicho, un joven adulto, con características de intelectual, libre pensador y bohemio. Estudió varios años en Francia.

         Si con Matus desarrollé una relación amistosa formal de maestro-alumno, con Benavidez fue un tanto más allá, logramos identificarnos mucho y evolucionamos en amistad, sin perder en ningún momento –bajo ninguna circunstancia– el respeto de la relación maestro-alumno.

         Callado, taciturno, de caminar tranquilo, siempre cargaba libros de filosofía y literatura, además de sus libretas y cuadernos donde planeaba sus clases con citas de autores y fragmentos de obras. Su aparente semblante serio de pronto era desplazado por su sonrisa espontánea o por el saludo cariñoso a colegas y alumnos cercanos, entre los cuales me encontraba.

         ¿Cuál fue su forma que me quedó grabada; sus características como docente?

         Benavidez también fue expositivo. Como docentes universitarios estaban acostumbrados a brindar cátedras y sus ejemplos eran abundantes, sus explicaciones no eran más que el reflejo del extraordinario dominio temático que poseían.

         Con él siempre leímos libros, investigamos en la biblioteca y nos ponía a escribir. Los temas fueron literarios y filosóficos. Recuerdo que toda la clase leímos y analizamos el libro de cuentos Un agujero en la portada, de Abel Garache, también catedrático nicaragüense. En efecto, el libro tenía en su portada un agujero circular, que para nosotros, sus estudiantes, nos resultó novedoso.

         Aquel libro, en su primera edición, me lució extraordinario, totalmente distinto a los cuentos que había leído de Fernando Silva, por ejemplo; cuentos que me abrieron un nuevo horizonte, más cercano a la ciudad, a mi época.

Desarrollamos un debate muy interesante guiado por Benavidez, analizamos cada cuento que, si bien pocos, intensos. Extrajimos temas y mensajes esenciales que luego sintetizamos en su intencionalidad literaria. Aquel intercambio me pareció fascinante, algunos nos sentimos irreverentes y cuestionamos la sociedad que estábamos viviendo, en esa aula nos sentíamos libres de expresar lo que pensábamos.

         Benavidez nos permitió hablar, “despapayarnos” en nuestros conceptos y prejuicios, o bien, como algunos –incluido yo– aprovechamos para criticar al régimen somocista y la criminalidad de la Guardia Nacional. Desde 1974, a mis trece años de edad, ya estaba inquieto por la situación política del país, me preguntaba muchas cosas. Pero acerca de esto lo abordaré en otro momento.

         Benavidez capturaba las controversias y las escribías en la pizarra, por ejemplo:

 

“Relación sexual de fetos siameses en el vientre de la madre no puede ser, es contra la ley de Dios.” (Estudiante A).

 

“Todo puede suceder, que el feto femenino, luego de la relación sexual con su hermano siamés en el vientre de la madre, resultara embarazada a los catorce años después de haber nacido.” (Estudiante B).

 

“Es pura ficción, eso no es posible en la vida real.” (Estudiante C).

 

Y así, Benavidez iba extrayendo y anotando las posturas contradictorias expresadas por sus alumnos, sin descalificar una, buscaba el encuentro de las ideas u opiniones. Que yo recuerde, jamás nos impuso su punto de vista; en lo personal, pude acercarme, coincidir o discrepar, pero nunca me sentí obligado a aceptar algo con lo que no estaba de acuerdo o tenía dudas.

De ese método aprendí mucho, me ha servido en los procesos de formación y de participación política posteriores. El pensamiento en constante movimiento y relación crítica.

Interactuaba. Nos permitía más preguntas, algunas de las cuales no respondía, nos mandaba a investigar. Argumentábamos, reíamos y hasta aplaudíamos como si se tratara de una asamblea estudiantil. Nos hablaba con frecuencia de los grandes pensadores franceses. Llevaba a colegas suyos a conversar con nosotros, los estudiantes.

Cinco alumnos de años diferentes constituíamos el círculo de amistad más cercano a Benavidez, con quien sosteníamos amenas e interesantes tertulias. Nos reuníamos en el cafetín del instituto, para charlar acerca de un tema que alguien proponía, ya literario, filosófico o histórico. Era nuestro recodo donde profundizábamos sus clases, su pensamiento filosófico, donde despejábamos dudas y satisfacíamos nuestras inquietudes.

Fue de este maestro que por primera vez escuché un análisis de la realidad política de Nicaragua y de los fundamentos de un proceso de liberación que conllevara a una revolución social humanista. Pero la constante fue la disertación acerca de grandes autores y obras. Por ejemplo, por primera vez escuché de Shakespeare y Hamlet; de Víctor Hugo y Los miserables; y por supuesto, nos presentó a Miguel De Cervantes y El Quijote de la Mancha. A partir de sus charlas en el cafetín inicié la búsqueda de dichas obras en la biblioteca, sobre todo las dos primeras, pero solo encontré a Hamlet, y, Romeo y Julieta.

Él me prestó una vieja edición de Los miserables, me puso como meta de lectura un mes, ¡semejante volumen! Esa fue mi primera lectura apurada de Los miserables y el primer libro grueso que leí. Luego le siguieron Don Quijote de la Mancha –ambos tomos– y Las mil y una noches. –versión completa–.

Así fueron aquellos encuentros que aún recuerdo. En un momento determinado invité al círculo a una compañera, intrigada por aquellas tertulias en la mesa del cafetín, y partir de su primer encuentro no dejó de asistir. Estaba en un año superior que yo y le interesaba de sobremanera la filosofía. Así se sumaron otros.

Matus y Benavidez fueron una combinación perfecta para fortalecer mi hábito de lectura e introducirme en la literatura, en la escritura creativa. A Benavidez le mostré varios poemas de mi autoría y me daba recomendaciones precisas, hablándome de cómo vivir la poesía. Fue él quien publicó, en 1978, mi poema intitulado Dogal en La voz del estudiante, periódico estudiantil del Instituto Nacional Modesto Armijo, de quien él era asesor editor. Aquel poema tenía cierta carga existencial y sentimiento cristiano.

Esa edición del periódico estudiantil, junto con Un agujero en la portada los perdí, debido a que mi madre, desgarrada ante una noticia errónea de mi muerte en combate en plena insurrección de 1979 en los barrios orientales de Managua, decidió lanzar a la calle muebles, libros, fólderes y cuanto encontrara para ponerlos como barricada y quemarlos, acto que impidió mi abuela Lupe pero que lamentablemente no todo pudo salvar. También perdí varias ediciones del Boletín del Movimiento Juvenil Salesiano –del que fui su director–, comunicados del comando interno que integraba, folletos históricos del FSLN, libros y fotografía.

Del maestro Benavidez, pese a mi búsqueda posterior al triunfo de la Revolución Popular Sandinista, no supe nada más. Siempre recuerdo nuestras conversaciones filosóficas y literarias, quizá las más influyentes en mi poética.

 

La síntesis de tres

 

         Disfrutaron la docencia, la que no concebían sin el vínculo directo con el estudiante, sin identificarse con este. Maestros con extraordinario acerbo cultural, lectores por excelencia. Más que el dictado, gustaron de la exposición interactiva, de la relación dialógica maestro-alumno, incentivaron la indagación del saber, la lectura, la investigación.

         Maestros que se ubicaron desde el punto de vista de la necesidad de sus jóvenes estudiantes, aprender también equivale a un buen desenvolvimiento, cultivar habilidades y dominar herramientas, saber tomar notas y estudiarlas, saber investigar, iniciarlos en el análisis crítico. Sin rigideces, dogmas ni esquemas.

         Más que obligación laboral, concibieron su magisterio como misión humanística esencial, donde la amistad era expresión de cariño y respeto, invitación a la alegría por la educación. El ejemplo fue fundamental, la demostración de casos. Jamás pensaron en el nivel académico en que el estudiante se encontraba, siempre lo proyectaron hacia más adelante, hacia un horizonte cercano: la universidad, que requería preparación ¡ya!, no hasta cuando se pisaran sus aceras. La pizarra, en este sentido, se convierte en un instrumento útil para las demostraciones teóricas y conceptuales, para los ejercicios pertinentes, el gráfico, diagrama, no así en el instrumento totalitario donde tiene asiento una clase monótona y aburrida.

Un estudiante que no sabe tomar notas, que no sabe investigar, buscar el conocimiento que necesita, jamás será buen estudiante. Este, en su proceso de aprendizaje, debe ser autónomo, no un esclavo o servil del maestro. Vieron la educación desde la perspectiva de la excelencia, combatían la mediocridad desde ellos mismos.

La teoría-concepto tenía que ser explorado y demostrado. Y luego, para consolidar conocimientos, el debate de las ideas, el abordaje crítico de posturas contradictorias para encontrar elementos comunes. El comentario, la participación activa, hace la clase amena, no los monólogos docentes. La clase vista como una asamblea estudiantil en plena labor pedagógica, que tenía como respaldo una biblioteca, dos periódicos murales y un tabloide estudiantiles.

Estos maestros hablaron a sus alumnos desde la perspectiva de su edad, de las motivaciones y aspiraciones juveniles, incentivando la inquietud. De ahí que de pronto la realidad social de Nicaragua no podía estar ajena al proceso educativo. Si se requiere la forja de hombres y mujeres pensantes, hay que hacer de la educación escenarios vivos, en movimiento, donde la vida y los contextos sociales también entren en el juego de la mente y la conciencia.

         La Prensa Literaria de aquel entonces fue una herramienta complementaria esencial para el estudio del idioma; con este suplemento hacíamos lecturas, comentarios y análisis, verdaderos simposios de aula. Pero claro, eran maestros lectores, y quien lee siempre tiene algo de qué conversar, perspectivas del mundo y de la vida que ofrecer a sus alumnos, cosas que mostrar mediante la palabra: culturas, paisajes, invenciones, etc.

         Matus, Benavidez y Martínez se ocuparon más de la creación poética, del ritmo interior y de la imagen; la rima solo fue estudiada para el conocimiento métrico del poema, de las escuelas del pasado, incluyendo el modernismo. Y estoy hablando de los años setenta, previos a la guerra de liberación. Lo que me indica un completo retroceso que maestros actuales, de este siglo XXI, obliguen a sus alumnos escribir poemas con rimas nefatas. Todo esto me indica pobreza imaginativa, desconocimiento de la función del ritmo interior, del verso libre, así como del arte poético.

         Estos maestros supieron recomendar libros y bien comentarlos, con el dominio de verdaderos entendidos en la materia, a grados tales que despertaban el interés para buscarlos, la curiosidad… Las tutorías de Benavidez y Martínez en el proceso creativo literario fueron magistrales; en el círculo del cafetín, la observación y reflexión fueron esenciales en nuestra formación, aunada a la insistencia de aprender hacer (el hacedor). Y particularmente, con el padre Carlitos, la auscultación del significado, la imagen.

 

Y por último, la personalidad

 

         El proceso de formación de la personalidad en cada ser humano es distinto, está determinado por las realidades y condiciones de su entorno socio-cultural, pero conforme a lo que he observado en otros, de una u otra forma, es que determinadas relaciones-influencia dejan huellas en materia de principios y valores, de cosmovisión y carácter.

Existe una forja de la personalidad cuyo curso o trayectoria está determinada por la reflexión y la crítica constante. Es esto lo que nos va incorporando valores propicios para construir o definir una línea de conducta autónoma, siempre en movimiento evolutivo.

         Y cuando hablo de formación de la personalidad, no me refiero a moldes o uniformes, a modelos doctrinarios, sino a procesos constructivos, creativos. Y si hablamos de esto, entonces también nos referimos a la función crítica y transformadora del arte, no solo de la representación.

         A estos maestros, pues, debo en buena parte mi formación como hombre pensante, en permanente lucha por alcanzar libertad y autonomía en plenitud, empeñado cada vez en la búsqueda de los insignificantes, para significar.

AUTOR  HENRY A. PETRIE

Noviembre, 2014.

Managua, Nicaragua.

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